SUEÑOS SIN FRONTERAS
Niños migrantes venezolanos en la Mitad del Mundo

SUEÑOS SIN FRONTERAS Niños migrantes venezolanos en la Mitad del Mundo

Por Dimitri Barreto P. EL COMERCIO

18 de diciembre del 2020

A la sombra de un aliso frondoso, Mayely prepara la tarea de laescuela a lápiz, sentada en una piedra, el cuaderno sobre suspiernas, entre automotores que pasan tan veloces que cimbran losárboles y remecen el parterre. Traza el último número 4 de laplanilla, pulcra, sin salirse de la cuadrícula, y escribeorgullosa su nombre al final de la página, tal como lo pidieronen la escuela, a la que asiste cada amanecer a través de Zoom,en medio de la pandemia en Quito.

“Enciéndanme las cámaras, estoy tomando lista”, sentencia elprofesor de su escuela, una institución estatal de Ecuador, enel inicio de la jornada de clases virtuales; de pronto, laimagen de la sesión se congela en la pantalla del teléfonocelular. Mayely, 6 años, hija del estado de Barinas enVenezuela, no se aleja del dispositivo hasta que vuelve aescuchar al maestro, mientras su madre menea el aparato pararecuperar la conexión wifi, un servicio que su familia contratajunto con otros venezolanos en la residencia donde viven.

Las clases marcan su rutina hasta cerca del mediodía, cuandollega la caminata de una hora, desde la casa donde duermen,hasta el parterre con árboles de aliso, el lugar para las tareasde la escuela y para la supervivencia de su familia en Quito.

Cuando el semáforo se pone en rojo, la pareja de su madre cuentalos segundos con un cartón en las manos. El mensaje ‘ayúdamepara darle de comer a mis hijos; estoy desempleado’ pasa junto aautos de ventanillas cerradas, entre conductores de ojosesquivos, la radiación UV del mediodía, con el sol perpendicularde la Mitad del Mundo, y bajo el repentino frío de las tardesnubladas y el invierno. Madre y padre buscan un trabajo que nolos explote, que no los deje sin sueldo a fin de mes, que lespermita no pasar días de hambre, que los trate con dignidad.

Mayely, inmigrante, hija de inmigrante, sin documentos deEcuador, como su familia, llegó de la mano de su madreembarazada a Quito en junio del 2019, luego de un viaje de 2 000kilómetros por tierra con una maleta de ruedas. “En Venezuela esmuy difícil, yo trabajaba en el área de estadística y salud delhospital y con ese sueldo no sustentaba para los gastos”, confíaYamila, 30 años, la madre de Mayely.

“El alimento es una escasez, no se encontraba y cuando seencontraba los precios eran elevados. Todo el sueldo de un messolamente alcanzaba para una cubeta de huevos… ¿Y los estudiosde mi hija, la ropa de ella? Yo estaba sin zapatos, sin ropa.Entonces uno decide este cambio de vida es para salir adelante ypara darle lo mejor a ellas, la alimentación, la educación, queviva su niñez pues”, enfatiza Yamila y Mayely colorea cartulinascerca de la puerta de su casa en Quito.

SUEÑOS SIN FRONTERAS
Niños migrantes venezolanos en la Mitad del Mundo

Esa ‘casa’ es un dormitorio de 12 metros cuadrados, dondecomparten Mayely, su hermana menor, su madre y el padre de labebé. Sin calefacción ni refrigeradora ni lavamanos ni ducha niinodoro, apenas dos colchones tendidos sobre cajas de madera sinlijar y una cortina de baño para separar las camas de la cocina:una bombona de gas y una cocineta de tres hornillas, en la quecada mañana se fríen arepas hechas con harina de maíz y agua, eldesayuno de la familia y una de las conexiones insondables de lamadre con su natal Venezuela.

“Ya tengo dos años residenciada aquí. Vendíamos tomate, cebolla,maní, pero la gente no nos compraba, por la pandemia, o lo quenos compraba no nos daba para el sustento”, relata Yamila.“Entonces, tuvimos la necesidad de pedir en la calle. Lo que sínos dio fuerte de pedir es que las personas nos suben losvidrios o nos miran con rechazo porque está la familia completapidiendo en la calle, pero es por la necesidad, no tengo paralos pañales de mi hija, para los estudios de mi otra hija quenecesita en la escuela copias diariamente, semanalmente”.

La inscripción en la escuela prueba la existencia de Mayely enQuito; sin registro migratorio de entrada a Ecuador en puertoscomo Rumichaca. “En Migración (Rumichaca) me retuvieron dosdías; tenía tres meses y medio de embarazo, dormía en el suelo,el frío me pegaba. Era domingo y atendían hasta las cuatro de lamañana. Tenía el turno 600, me dijeron que esperara al lunes. Yano tenía dinero para comer y no íbamos a quedar sin el pasajepara venir hasta acá. Me vine”, narra Yamila, egresada deJurisprudencia, una carrera que para validarla en Ecuadorrequiere de dos años de estudio, de dinero.

En el dormitorio, la clase virtual continúa a través delteléfono que la madre sostiene, sentada sobre un colchón, sinuna mesa para servir alimentos ni para hilvanar oficios. En uncajón de madera guarda una hoja de papel: el certificado delacta de nacimiento de Mayely en 2014 en la República Bolivarianade Venezuela; sin pasaporte, sin cédula… sin una visahumanitaria, el requisito que Ecuador impuso a los venezolanosdesde finales de agosto del 2019.

Por Constitución, la educación es uno de los derechos que elEstado garantiza a los niños, a todos. En Ecuador no hay unabase de datos pública con información de migrantes y refugiadosvenezolanos; los indicadores de este reportaje se obtuvieron conla aplicación de la ‘Ley de Transparencia y Acceso a laInformación’ (hubo respuestas -a veces después de más de unpedido escrito- de los ministerios de Educación, Salud,Gobierno, Relaciones Exteriores y Dirección de Registro Civil),para esbozar la huella de su presencia en la Mitad del Mundo.

En las escuelas de Quito se registran 13 643 niñas, niños yadolescentes venezolanos inscritos para el ciclo 2020-2021,según información revelada por el Ministerio de Educación. Eseuniverso representa a menos del 2% de todos los estudiantes enla capital de Ecuador (587 959 ecuatorianos). Un 88% de losniños venezolanos cursa el nivel básico; un 12% el bachillerato.Pero esos números no son una muestra real de los niñosrefugiados y migrantes en esta ciudad; hay miles que pordesconocimiento o temor de sus familias no tienen escuela.

“Yo los iba a poner a estudiar (en Quito) pero la situación nome daba pues”, se resigna Oriana, 33 años, madre de Deyna, 12años; de Neily, 6, y de Kevy, 4. “Me dijeron que me podíanayudar con los útiles escolares, pero con los uniformes no y losuniformes salen caro aquí; tengo que comprarle dos a cada uno yse me ha complicado; les doy yo misma estudio pues”, cuenta laama de casa, quien estudió en Venezuela hasta el bachillerato,ahora sin visa en Ecuador, igual que su esposo y los tres niños.

“Ha sido la cosa un poco dura para ponerla a estudiar, todavíano ha aprendido a escribir ni leer, porque le cuesta poco elaprendizaje”, comparte Mariángel, madre de Idalys. “O parameterla a un colegio que no la sepan comprender, que no prestamucha atención; por eso no la he puesto a estudiar acá, y porquepiden muchos papeles o para sus uniformes no me alcanza, parasus útiles tampoco me alcanza; entonces no, no la he puesto aestudiar”.

“La plata que la tenía reunida aquí mi esposo la tuvo que gastary eso era con lo que íbamos a meterlos a estudiar, pero notuvieron la oportunidad”, dice Oriana. Su travesía desdeVenezuela a Ecuador, en el verano del 2019, fue dolorosa. Lospasajes que compraron para el desplazamiento terrestre “directo”desde Cúcuta, en la frontera de Colombia con Venezuela, hastaRumichaca, la frontera de Colombia con Ecuador, fuerondesechados por transportistas sin palabra. El viaje terminó enBogotá. Allí contrataron otro servicio, que los dejó en Cali, a470 kilómetros del paso fronterizo; un desconsuelo que quebrantósu salud y también la economía de su hogar, por la deuda quedebieron contraer con su cuñado para continuar.

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